Yo pensaba que llegando a ese punto, se le podía por lo menos dar algún gusto. Tengo horror a los hospitales y a esas nurses jodidas. Bob, cuando mi madre murió sólo pesaba unos kilos y hubiese podido llevarla en brazos como un bebé. ¡Coño! Ese cáncer es una mierda. ¿No sé como pilla la gente eso?»
Le dije que a mi juicio algunos lo pillaban porque comían mal durante toda su vida, demasiada carne llena de química y de hormonas. Por ejemplo, si el colon no se limpia como es debido durante toda la vida, peligra que los residuos de carne sin fibras inasimilables se peguen a los tabiques del colon y se pudran. Además, le dije, creo que la gente padece cáncer a causa del stress, de lo que piensan de ellos mismos y del rencor y del dolor que llevan consigo, de cosas que les roen y provocan tumores.
Miles me miró fijamente un rato y me contestó duramente: «Bob, eres un jodido de primera. Nunca he oído una tontería semejante. También te haces el listo. Pero ten cuidado no te equivoques. Pero, ¡qué mierda, parece que estás bien informado y tus palabras son incluso un poco estremecedoras!... ¿Crees que el hecho de que odie a tantos jodidos como hay a mi alrededor pueda hacerme pillar esa mierda?»
Las legumbres estaban empezando a cocer y la conversación cambió de tema. Se pusieron a hablar de problemas culinarios. Miles quería acordarse de lo que su madre metía en la olla y que daba tan buen sabor a su plato. Cogió un libro de cocina y lo hojeó con rabia. Me preguntó si Barbara estaba en casa. Pero estaba ausente todo el día aprendiendo a conducir.
«Coño», dijo, «a estas hojas de mierda les falta algo. Bob, conoces a alguien que sepa cocer esto?»
Le contesté que la única persona que podría saber era mi propia madre.
«¿Dónde está?» me preguntó Miles. «En New Jersey» le dije. «¡Llámala, coño! ¡Llámala! ¡Mira, ahí está el aparato!»
Habló con mi madre al teléfono con mucha educación. Yo estaba encantado y mi madre tan extrañada de haber hablado con él por teléfono. Parecía un niño que hablaba con su propia madre o su abuela.
Después de haber preparado la verdura para que cociera a fuego lento durante unas horas en la olla, Miles me pidió que le enseñara mi cuadra y mi caballo. En ese mismo momento llegó un amigo de su hijo con alas de pollo en salsa picante y dulces caramelizados. Miles me invitó a comer un poco de pollo y él se puso a saborear uno de esos extraordinarios dulces.
«¡No, papá, por favor, no comas eso!» gritó su hijo. «Cierra el pico, como lo que me da la gana, coño.»
El hijo de Miles nos dijo que comiéramos los dulces rápidamente para que su padre no cayera de nuevo en la tentación. Miles era diabético y esa clase de dulces era muy mala para él. Así pues, tuve que tragarme esos dulces acompañados con alas de pollo picantes y una cerveza.
Cuando por fin salimos de casa, Miles subió a mi coche y me preguntó: «Te gustaría ir en un Ferrari». «¡Pues no te puedes imaginar!» le contesté.
Miles me preguntó si ya había montado en un Ferrari. «Jamás,» le dije, «y no sé si podré montar».
«No te preocupes, ya nos arreglaremos para que puedas poner el trasero en él, Bob. No eres tan alto, jodido».
Hemos hecho un poco más de un kilómetro en coche hasta la cuadra. «Este es mucho más rápido que mi Volvo,» le dije. Miles se dio la vuelta poco a poco hacia mí y se puso a mirarme con una cara extraña, «ah sí?!»
Después de ver mi caballo, Miles quiso enseñarme el suyo. Pasamos por Kanan Dume Road hasta San Fernando Valley cuando de pronto se dio cuenta que nos habíamos equivocado de camino. «Bueno pues volvemos a casa», dijo.
De regreso a Malibu, empezó a hablarme de cuando boxeaba. En todo caso es uno de los medios más eficaces para ponerse en condiciones, me dijo. Se había entrenado con algunos de los mejores púgiles y entrenadores del mundo del boxeo. También dijo que tocar la trompeta después de esos drills, era pan comido.
Cuando llegué a casa me di cuenta que era hora de empezar a prepararme para el concierto de por la noche. «Trae aquí ese instrumento», dijo Miles, «me gustaría oírte tocar algo.»
Se fijó mucho en la forma de calentarme y me dijo que le gustaba la trompa y que tocaba como si fuera un viejo profesor de trompeta, sin aplastar los labios. Seguí tocando los ejercicios cada vez más rápido cuando de pronto Miles gritó desde la cocina: «¡Vale, Bob, para de echarte faroles!»
La cocción se había terminado. Miles puso el plato delante de mí y mientras yo seguía tocando cogió el teléfono.
Llamó a Barbara y le oí hablar de mí. Le dijo que pensaba que yo era un buen mozo, un poco raro, pero a pesar de todo genial. Casi no podía creerlo.
Cuando colgó me dijo que tocara el solo de trompa final de la Suite del Pájaro de Fuego de Stravinski.
«¿Por qué es tan difícil ese solo?» me preguntó. «Esos jodidos se ponen siempre colorados cuando lo interpretan. ¿Qué es lo que puede haber de difícil?» Le dije que, de verdad, no era tan difícil. «¡Entonces tócalo, tócalo!» dijo guaseando.
¡Cuántas veces no habré tocado ese fragmento en concierto en mi vida! No obstante nunca hubiese imaginado tener que tocarlo delante de Miles Davis. Me parece que le impresionó.
«Parece ser que los que se ponen colorados son los blancos, Bob,» dijo. «Un negro nunca se pone de otro color que azul».
Miles me dijo que podía venir a entrenarme en su casa cuando quisiera, aunque él no estuviera. Por fin los dos llegaban a entenderse.
Después de este primer encuentro he vuelto a ver a Miles de vez en cuando, pero cuando estaba en casa. A veces íbamos Bárbara y yo a su casa, le saludábamos al pasar por la puerta de detrás que llevaba a la playa. Comíamos en su casa, mirábamos la televisión en una gran pantalla y nos marchábamos después de unas horas.
A veces Miles nos llamaba para que viniéramos. Cuidábamos su casa pero él no se preocupaba por nosotros, porque la mayoría de las veces estaba pegado al teléfono o tocaba su trompeta.
Cuando íbamos a marcharnos salía de su habitación y decía «encantado de que hayan pasado por casa». No necesitaba sentarse con sus huéspedes para apreciar su presencia.
Mis impresiones sobre Miles han cambiado totalmente desde el día en que le conocí. Me había confesado que le gustaba estar solo, «justo para hacer mis cosas. ¿Y por qué es la gente incapaz de hacer igual y de dejarme en paz?»
Era capaz de animarse de forma elocuente y con ardor. Le gustaba puntualizar que el hombre negro constituía la base de toda sociedad gracias a su inteligencia, a su fuerza, a su feeling musical, todo ello echando raíces profundas en la tierra. Por eso tratan todos de robar la música negra. «Es algo potente,» concluía, «a la imagen del hombre negro.»
Cuando se ponía furioso era tremendo. Había tenido muchos disgustos en su vida y poseía una facultad de percepción más rápida y más completa que la mayoría de la gente.
Miles decía que le encantaba verdaderamente el público. También sabía que entre los que se agolpaban a sus conciertos había algunos que le hubieran reducido a la nada sin miedo si lo hubiesen podido. Le hubiesen robado y diluido su talento para sustituirlo por un Elvis Presley be-bop de servicio.
Pero él había llegado más allá del be-bop, dejando atrás a sus numerosos hinchas de entonces. Tenía que cambiar, evolucionar y alcanzar nuevas formas de expresión.
Un día, mientras Barbara y yo contemplábamos sus nuevas pinturas, dimos con una obra antigua, de un estilo que había abandonado. Barbara le preguntó por qué no había vuelto a pintar así. Levantó la cabeza y empezó a ir y venir por la habitación pavoneándose y diciendo, «estoy demasiado comprometido ahora para dejarlo.»
¹ Collard green es una legumbre verde cuyas hojas se comen. Una especie híbrida entre la espinaca y la col que crece principalmente en el sur de los Estados Unidos y que aprecia mucho la cocina negra.
² Hemos utilizado la palabra «jodido» para traducir Mother fucker, «expresión idiomática del lenguaje americano-africano. Ese término puede tener una connotación tanto negativa como peyorativa, positiva, admirativa o incluso francamente elogiosa.» Así nos lo ha explicado Thomas Stevens.
Bob Watt
Bob Watt es asistente trompa solo de Los Angeles Philharmonic. Ha estudiado la trompa con Harry Shapiro en el Conservatorio de Nueva Inglaterra de Boston. Durante su estancia en esta región, debutó como solista de la orquesta de los Boston Pops bajo la batuta de Arthur Fiedler, con el segundo concierto de R. Strauss. Luego cursó sus estudios con James Stagliano y Gunther Schuller en el Berkshire Music Center de Tanglewood. Antes de ser contratado por la L.A. Philharmonic, había tocado varias veces en solista con esta orquesta, dirigida por Zubin Mehta. Hoy en día Bob Watt sigue actuando como solista y toca a menudo en verano, en los festivales europeos. En su tiempo libre se dedica a la doma de los caballos y al ballet ecuestre clásico. Enseña la trompa en el Santa Monica College, en la University of Southern California y en el California State Dominguez Hills.