Mi primera actuación en la orquesta fue un éxito inolvidable. Mis colegas empezaron a fijarse y a observarme a escondidas. Algo incomprensible había pasado para ellos. No es que hubiese tocado mal antes, sino que esto era algo irreal. Nuestro jefe no tardó tampoco en notar este fenómeno.
Se operó un cambio radical en mí. Lleno de confianza, me volví tranquilo, generoso y tolerante con mis colegas. Unas semanas más tarde mi fama creció de tal manera que me solicitaron en las mejores orquestas y, pronto, mi nombre figuró como solista en los carteles de los conciertos mas prestigiosos del mundo.
¿Cómo describir lo que sentía? Estaba viviendo una aventura increíble, literalmente fabulosa. Aprendí a tocar con mi público y conseguí que vibrase, llorase y sonriese. Poder expresar y comunicar plenamente mis sentimientos a ese millar de personas me causaba una felicidad profunda. Mi situación material se había transformado grandemente y en adelante poseía todo lo que podía desear en ese aspecto.
Pero he aquí que llegó ese lunes 18 de octubre...
Llegué a Bruselas en el avión de Singapur Airlines a las 10 h 30 para dar un concierto la misma tarde. El ensayo estaba previsto a las 14 h 30. Iba a ofrecer un concierto de Claude Debussy que el musicólogo Claude Ansi acababa de descubrir sin editar en la Editorial Leduc en Paris. Esperaban con ansia ese acontecimiento musical puesto que se trataba de una obra superior y difícil para mi instrumento (se sabe que el repertorio de los instrumentos de metal no es tan rico como el de la mayor parte de otros instrumentos).
Por la tarde llegué diez minutos antes del concierto para prepararme un poco. De hecho, con mi nueva boquilla, no necesitaba mucha preparación anterior. Todo estaba aparentemente en su sitio. Abrí mi estuche, saqué maquinalmente mi instrumento para comprobar su buen funcionamiento. A continuación, mi mano derecha buscó la boquilla en su vaina habitual. Mis dedos estrecharon el vacío. La boquilla había desaparecido.
El concierto se anuló por razones de indisposición. Mis investigaciones desesperadas para encontrar de nuevo la boquilla resultaron vanas. Todos mis compromisos fueron anulados por razones de salud. Traté de tocar con la boquilla anterior pero no conseguí superar el nivel del principio... Al cabo de seis meses no se oyó hablar más de mi, salvo de mis discos y grabaciones.
Sin embargo un nombre comenzó a destacar en los carteles, un joven y excepcional prodigio, decían las críticas... Una mañana, mientras me afeitaba, me acordé de pronto de que me había encontrado con él en mi camerín, en el último concierto antes del de Bruselas. Se había presentado, me había felicitado con brío y había querido tocar a toda costa mi instrumento y mi boquilla.
No sentí ningún resentimiento hacia él.
Al contrario, en el espejo, mi semblante me devolvió una sonrisa extraña que se parecía extraordinariamente al de la anciana, la anticuaria de Londres.